7.3.15

Nueva York - Día 4

Nos levantamos más temprano que de costumbre. El plan diagramado para hoy era la visita a la Isla Ellis y la Estatua de la Libertad. Francamente de chico nunca soñé con conocerla. El pecho se me hinchaba con el Parthenón, el Coliseo y otros lugares donde la historia de la edad media y antigua se vistieron de testigos. Sin embargo si uno va a visitar Nueva York, la visita a la estatua es una parada casi obligada.
Para no demorarnos mucho tiempo en el hotel decidimos desayunar en la ciudad. Buscando algún lugar de los cientos que ofrece la Gran Manzana (los neoyorquinos le dan una especial atención a esta comida) paramos en una tienda de bagels. La oferta gastronómica del lugar ofrecía muchas calorías para afrontar con fuerza el día. Bagels con queso cheddar, huevo, hongos, panceta y demás ingredientes eran algunas de las tantas opciones de gran contenido calórico para elegir. Sentía una gran pesadez debido a la mucha comida rápida ingerida en los últimos días así que opté por una versión más light de yoghurt con cereales. Tanto Martín como mi hermano no fueron tan cautos y se inclinaron por el baguel de huevo frito, panceta y queso cheddar. Mi hermano al finalizar se tocaba la panza saciado como si fuera un guerrero germano luego de comerse a un jabalí entero. Luego de ese desayuno de campeones nos dirigimos hacia Battery Park, lugar desde donde salen los Ferrys hacia la Estatua de la Libertad.
Llegamos cerca de las 11 hs. Para poder ir a la isla y entrar a la estatua uno debe reservar los tickets previamente por internet. La demanda es tan grande que un mes antes del viaje la visita a la zona más alta de la estatua se encontraba agotada. En Clinton Castle, lugar por donde se retiran las entradas, un señor con un pésimo inglés era el acomodador de las filas. "Come Hiere", "Please for this ways" en un acento con una marcada predominancia del español resonaba en los turistas del lugar.  Esperamos media hora hasta que finalmente obtuvimos los tickets. Luego por orden de llegada y después de pasar varios puntos de control subimos a los ferrys que llevan a Liberty Island. Todo el viaje demoró aproximadamente una media hora pero lo disfrutamos mucho ya que desde allí se puede apreciar una de las mejoras panorámicas de Manhattan. Todos los tripulantes se  agolpaban para tomar la foto, tanto así que solo unos pocos se quedaron sentados en el bote.


Al bajar los empleados del lugar nos ofrecieron unas audio guías gratuitas con las que uno recorre la isla y escucha relatos sobre la historia de la Estatua. En mi caso particular no sabía que era un obsequio de los intelectuales franceses, en donde el país europeo en ese entonces se encontraba bajo dominio de Napoleón III, o de la participación inicial de Eiffel en el proyecto y otros detalles sumamente interesantes, obligados para los profesores de historia. Si bien el recorrido es recomendable, es imposible evitar los clichés y el orgullo patriótico que exporta Estados Unidos al referirse al simbolismo de la estatua, no necesariamente falso pero sí un poco agobiante. El contraste entre este orgullo y la veta comercial es tan cercano que al terminar el recorrido uno puede ir a la tienda de obsequios y comprar una mini-estatua de la libertad bailarina. Contradicciones las tenemos todos pero esta me resultaba un poco fuerte.
Luego de terminar nuestro recorrido en la isla decidimos pasar por Isla Ellis. Funcionó como Aduana desde 1890 hasta 1954 momento en que cayó en desuso. Para hijos y nietos de inmigrantes como somos los sudamericanos, el lugar es sumamente conmovedor. Uno puede observar fotos de las miles de personas que pasaron por allí. Imagina sus historias no tan distintas a nuestros abuelos o tatarabuelos que decidieron emigrar hacia Argentina buscando mejores oportunidades. El lugar que más impresiona es el salón principal ubicado en el 1er. piso. Es curioso que años atrás, miles de personas fueron inspeccionadas y revisadas para entrar en suelo estadounidense, similar a El Padrino II cuando Vito Corleone pasa por el mismo lugar.
Luego de contemplar por unas horas el lugar emprendimos el retorno a Manhattan. Ya en el hostel nos reencontramos con Juan y Belén, unos argentinos que conocimos días atras. Previamente habíamos acordado que íbamos a ir juntos al Empire State. Juan era un amante del Central Park confeso. Nos contó había ido a patinar allí casi todos los días desde que llegó a la ciudad. Nos fuimos a bañar y a cambiarnos para partir rumbo a uno de los rascacielos más famosos del mundo.
Ya en la puerta del edificio se nos abalanzaron los cientos de vendedores de entradas que te prometían no hacer cola si les comprabas a ellos. Los eludimos y finalmente nos dimos cuenta que en realidad no se debía esperar mucho. Al cabo de unos 10 minutos ya estábamos dentro del edificio. Lo que más me sorprendió es la imagen con el edificio y la cúpula emanando rayos de sol desde la punta. Es como si el edificio fuera el icono del imperio.
Todo el trayecto se desarrolló muy ordenado. Uno hace un circuito donde a los costados figuran datos del histórico edificio que desemboca a la zona de boleterías. En ese lugar se dio el único hecho reprobable de toda la visita. Al pagar con un billete de 50 u$s la cajera, una mujer de unos 40 años, de tez morena, con cara de pocos amigos, miró a su compañera y con un total desprecio exclamó en inglés la frase "Odio a los turistas". Esperé el cambio y como corresponde a una persona educada le agradecí el cambio con una gran sonrisa dibujada en mi rostro. Seguimos rumbo al elevador que se tornó en una experiencia difícil de recordar. 50 pisos en tan solo unos segundos genera en el cuerpo un efecto que no es comprendido totalmente por la vista y el oido ya que prácticamente uno parecía que no se movía.
Llegamos al observatorio, Un salón semicircular con una hermosa vista de la  ciudad. Mi mayor hazaña fue descubrir la contraseña del wifi del personal de seguridad (el 123456 a veces funciona). Al salir a la parte exterior del observatorio nos dimos cuenta que en las alturas el frío se hace notar. Mientras que en la ciudad se gozaba de una temperatura de 25 grados, allí arriba la térmica bajaba a 10 C°.
Estuvimos allí un buen rato sacando fotos de la hermosa vista de la ciudad. Con tantas luces uno puede divisar los edificios más importantes como el Edificio Chrysler y nota muy bien las avenidas con las luces de los autos. Contemplamos la vista unos minutos más y luego empezamos a caminar por las calles de la ciudad.
Juan escuchó en el Hostel sobre uno de esos nuevos "bar on the roof" llamado 230 fifth. Esta clase de bares son la nueva moda de Nueva York. Como no se pagaba entrada nos dirigimos para allá. La entrada, un edificio común y corriente se encontraba custodiado por un hombre de seguridad que sólo nos pidió los pasaportes y pasamos. Cuando llegamos al bar nos dimos cuenta que desentonábamos bastante con el lugar ya que ibamos vestidos de una manera muy común y por lo que parece los neoyorquinos se arreglan bastante para salir. Para salir a la terraza exterior del bar entregaban unas capas de lana roja, similar a la de caperucita, lo que nos sirvió para camuflarnos entre la pomposa multitud. La gente de salida nocturna es casi igual en todas las ciudades que visité. Ríen exageradamente, hablan exageradamente y toman exageradamante como si hubiera que demostrar lo bien que uno la está pasando. Como las botellas pequeñas de cerveza estaban unos 15 u$S decidimos comprar dos para el todo grupo, no tanto para tomarlas sino más bien para que no nos echen del lugar. Estuvimos afuera un buen rato y luego decidimos retornar al hotel porque era muy tarde y estábamos muy cansados por el día muy cargado que habíamos disfrutado. En el salón, un hombre completamente borracho tenía atrapada "amistosamente" a una chica muy voluptuosa de rasgos orientales. La chica sonreía como si dudara de zafarse o quedarse atrapada. Luego de unos minutos de un cálido forcejeo la chica decidió soltarse. El hombre quedó tambaleando y sonriendo en su lugar. Intenté animarlo para que la vaya a buscar pero no entendió una palabra de lo que dije.
Volvimos al hostel y nos acostamos para afrontar el día siguiente.


24.12.14

¡Feliz Navidad!

Queridos Lectores,
Mas allá de toda pomposidad consumista y marketinera, que esta fiesta sirva de unión y disfrute con los seres que elijan para pasarla.
A continuación les dejo un vídeo muy interesante de la navidad. Espero que lo disfruten.


24.11.14

Trotamundos: Nueva York - Día 3

Las luces de la mañana de la ciudad de Nueva York penetraban nuevamente por la ventana de nuestra habitación. Como lo hicimos el día anterior, desayunamos en el hotel y salimos a una ciudad que se mostraba completamente diferente a la de los días anteriores. El "maldito lunes" hizo salir esta vez a los neoyorquinos con su latte en la mano derecha y el smarthphone en la izquierda (Es increíble como se concentran al hablar por teléfono, es como si el mundo no existiera más que para el trabajo de oficina).
Volvimos a tomar el metro para terminar lo que habíamos empezado el día anterior, el indomable Central Park. El plan era recorrer el parque de norte a sur. Empezamos a caminar por la ruta principal. Debido al gran tamaño del mismo es como si uno olvidara que está inmerso en una de las ciudades más pobladas del mundo. Mientras observábamos el paisaje del lugar rápidamente se hace notar la gran preponderancia que tiene el deporte, especialmente en la época cálida del año. Caminamos un buen rato acompañados de mucha gente practicando running o montando bicicletas. El número de personas era tan grande que tampoco parecía un día laborable.
Llegamos a North Meadows. Un montón de adolescentes jugaban al baseball. Nos sentamos en unas bancas para tomar agua y descansar un poco. Contemplábamos el paisaje, el murmullo de los jóvenes jugando. Esperamos un rato y luego seguimos. Si bien hasta el momento estábamos bajando por la parte este del parque, decidimos cruzarlo horizontalmente y seguir por la oeste. Mi gran sorpresa fue que a diferencia de lo que pensaba, el parque se podía cruzar en no más de 10 o 15 minutos a pie. Fue una gran sorpresa para mí porque si bien el tamaño del Central Park es considerablemente grande, no lo era tanto comparado a lo que me imaginaba.
Llegamos a la Reserva Jacqueline Kennedy Onassis, un lago artificial de gran tamaño del que, gracias a su forma circular es de las preferidas para los corredores. La vista del parque desde este lugar es de las más hermosas ya que no hay árboles que impidan la vista general del cielo.
Luego de pasar la reserva nos dirigimos hacia los límites del lado este para pasar por el Museo Metropolitano (MET). Llegamos a las escalinatas de las entradas. Un montón de niños con sus maestras esperaban a entrar. Niños corrían, otros sólo almorzaban y muchos se tomaba fotos y se reían. El lugar era un completo bullicio. Los carritos de comida rápida apostados en la calle uno al lado del otro proveían a los visitantes de comida. Tanto así que yo me rendí a la tentación y me compré un Hot Dog (el más caro que pagué por cierto). Mis compañeros no tenían hambre así que cuando terminé de comer retomamos viaje ya que no estaba en los planes entrar al museo.
Seguimos caminando en dirección al sur y nos topamos con el Castillo Belvedere, una construcción que simula a los castillos medievales y del cuál se obtiene una gran vista del parque. Mientras nos acercábamos al edificio empezamos a escuchar a un grupo de jóvenes argentinos. Es curioso lo que ocurre en el exterior con un argentino. Raras veces uno se sorprende o entabla conversación con un compatriota. Especialmente en lugares donde hay muchos. Se adelantaron y los perdimos de vista.
El castillo Belvedere cuenta con tres niveles. Desde arriba uno puede notar un lago en la parte este y los edificios altos que adornan al verde llano del parque. También hay un anfiteatro que por lo que pudimos leer se hacen recitales al aire libre allí. Descansamos, sacamos fotos por unos minutos y luego retomamos la marcha.
Volvimos un poco atrás para apreciar los floriados paisajes del Shakespeare Garden, hechos en honor al escritor. Llegamos a la parte oeste del parque y los muchachos decidieron parar e ir a buscar comida. Yo por lo pronto me sentía muy cansado de caminar y me acosté directamente en el pasto. Una niñera hamacaba a un niño mientras leía un libro. Unos niños corrían y jugaban. Era como una canción de cuna para mí. Mis ojos se cerraron lentamente hasta que de repente se volvieron a abrir. Cuando alcé mi cuerpo tanto Martín como Luca habían seguido mi ejemplo y estaban realizando una siesta reparadora. Esperé unos minutos hasta que todo el grupo se activó nuevamente para retomar camino.
Continuamos por la parte oeste del parque hasta llegar a la fuente Bethesda, popularmente conocida por aparecer en películas como "Mi Pobre Angelito". La reconocimos de inmediato por el ángel que se erige en el centro de la fuente. El lugar se haya compuesto por una terraza rodeado de unas escalinatas que llevan a una galería en el medio y al ángel de la fuente que apunta hacia un pequeño lago. Aprovechamos para usar los baños y seguimos viaje.
Contemplamos el verde del parque, subimos escaleras, pasamos por puentes hasta que finalmente llegamos al final. Anteriormente había aportado a mis compañeros que en alguna parte de la parte sur se encontraba la estatua de San Martín. Curiosamente y sin buscarlo desembocamos en la misma estatua. Nos llenamos de alegría y de goce por terminar nuestro trayecto allí ya que nos pareció un excelente broche de oro. No sólo nuestro gran prócer estaba allí sino que lo acompañaban las estatuas de Bolívar, José Martí y Giuseppe Garibaldi. Todo cobró sentido cuando me di cuenta que ese espacio desembocaba en la Avénida de las Américas (de allí en más, inclusive a la vuelta del viaje empece a prestarle especial atención a estos homenajes con sentido propio que uno por rutina desconoce su historia).
Miré nuevamente al parque y lo contemplé una vez más. Lo observaba como el rey al territorio conquistado. Estuvimos unos momentos y luego nos adentramos nuevamente en la ciudad.
Bajamos hasta el Bryant Park ya que Martín se encontraba ansioso por conocer la Biblioteca Pública de Nueva York, conocida por aparecer en la película "el día después de mañana" (es curioso como el cine y los paisajes se funden con la ciudad). Entramos por la puerta lateral custodiada por dos leones de mármol. La entrada de un color blanco impecable y con un terminado techo de madera conducía a dos escaleras laterales que nos llevaron al piso superior. Luego de husmear un tiempo en la sala de obsequios continuamos por diferentes pasillos que nos llevaron a la sala principal de lectura. Esta, alumbrada por varias arañas colgantes se mezclaba de inconfundibles detalles artísticos de madera con pinturas renacentistas. Contemplamos el ambiente por unos minutos. Una mezcla de estudiantes, turistas y lectores generaba un bullicio latente que no conseguía interrumpir la armonía del lugar. Solo el murmullo casi imperceptible, similares a los que se escuchan en una iglesia, se hacía notar en un espacio reinado por el orden.
Salimos nuevamente por donde vinimos. Debido a lo cansador de la jornada decidimos hacer una parada en un carrito de helados. Sí, esos que también se ven en las películas. De las varias opciones yo me decanté por el clásico cono de chocolate. Martín tuvo una apuesta arriesgada al elegir el de pistachos multicolores.
Seguimos caminando con los conos de helado nuevamente en dirección al norte. Decidimos hacer unas compras en la zona ubicada entre Midtown y el Central Park. Pasamos por la iglesia St. Patrick pero no pudimos apreciar mucho de ella ya que se encontraba en total reparación. Hicimos una parada grande en la tienda NBA donde nuestros espíritus de consumistas apasionados por el básquet se desataron en un frenesí, un tanto controlado de mi parte, de consumo basquebolistico. Salimos y pasamos cerca de Rockefeller Center, continuamos por Sony Store donde probamos varios juegos de PS3 y PS4 hasta culminar nuestra curiosidad en el Apple Store. La tienda, un parque de diversiones para los nerds de la tecnología en los cuales me incluyo, se encontraba en el1er. subsuelo a la que uno accedía por un ascensor. Ya dentro de la tienda debo decir que, más allá del tamaño, un tanto más grande que otras me pareció lo mismo que en otras visitadas. Tal vez el poco dinero para acceder a un producto oficial de Apple hizo que la estadía allí no fuese tan fructífera. La conexión WIFI de 1er. nivel sirvió de punto de encuentro para una llamada por Skype con mi novia y mi hijo en Argentina.
Ya era de noche en la ciudad. Como escurriéndonos, nos dirigimos nuevamente al hostel. Cenamos fruta y nos pusimos a charlar con nuestro compañero de cuarto alemán. Luego de unas charlas de política y cultura decidimos irnos a dormir.











13.10.14

Trotamundos: Nueva York - Día 2

El primer día de Nueva York se había caracterizado por ser super intenso y completo. El segundo no nos podía defraudar. Nos levantamos bien temprano y desayunamos en el hostel. La estrategia principal de todo viajero, especialmente los que viajamos con el dinero justo, es aprovechar al máximo el desayuno para si ahorrarse dinero en el almuerzo. Esta experiencia no iba a ser la excepción. Sin embargo los alquileres altos de Manhattan nos sorprenderían con el siguiente hecho. Como en el edificio no había lugar para un salón comedor,  utilizaron el espacio de la entrada de calle para ubicar una mesa con donas, café, leche y chocolate caliente, cortesía de #donkindonuts. Me llevé el chocolate caliente y 4 donas a la boca para llenar mi estómago. Digamos que no era el desayuno esperado pero cumplió con el objetivo propuesto.
El clima en Nueva York estaba espléndido como el día anterior. Salimos en dirección a la calle 125 para tomarnos el metro con destino a Harlem. Era domingo y nuestra intención era presenciar una misa de coro Gospel ya que nos habían hablado mucho de lo pintoresco de la experiencia.
Todo el trayecto en metro demoró unos 40 minutos. La primera impresión de Harlem fue bastante positiva: Un barrio poblado, con avenidas anchas y lleno de tiendas. Lo más reconocible de Harlem son los imponentes monoblocks de color naranja vistos en el cine. A diferencia de lo que ocurre en Hollywood, la zona no parecía tan insegura como se la retrataba, por lo menos en el tiempo que estuvimos en el barrio. Caminamos hasta la iglesia seleccionada pero la misa ya estaba finalizando y había mucha cola para ingresar así que decidimos entrar a otra. Optamos por una que habíamos visto camino a allí. Para nuestra decepción no era una misa con coro Gospel, sino una común y corriente. Lo positivo era que esta parecía ser de la comunidad latina ya que todos se dirigieron a nosotros en español. Es llamativo como las comunidades pasan a ser tan fuertes y necesarias en Nueva York. Es como que uno debe rodearse de gente con costumbres parecidas a uno. Después de esperar allí unos minutos y saludar a los reverendos (con el tiempo me dio la sensación de que se trataba de una misa pentecostal) salimos con un poco de desazón por no cumplir nuestro objetivo.
Recorrimos unas horas el barrio y sus tiendas; y luego comenzamos a bajar al sur en dirección al Central Park por la Amsterdam Avenue. Aquí las casas características de ladrillo naranja son más comunes ya que la zona guarda una gran impronta de los primeros colonos de Países Bajos. Curiosamente la ciudad antes de llamarse Nueva York se llamó Nueva Amsterdam, dato que encontré en Internet y que me llamó mucho la atención ya que uno comúnmente relaciona a la ciudad con la inmigración irlandesa e inglesa.
Como guía del grupo sugerí hacer una parada a la Iglesia de San Juan el Divino ubicada camino al Central Park. Mis compañeros accedieron. Camino a la catedral pasamos primero por el Morningside Park. Mientras mas nos acercábamos al parque, a la lejanía escuchábamos unos gritos y ruidos de zapatillas que se frenaban con el suelo. En las canchas de básquet dos grupos de amigos jugaban un partido que parecía bastante disputado e intenso. A diferencia de los profesionales estos no embocaban siempre en la red. Lo más chistoso es que el partido se detenía seguidamente porque no lograban ponerse de acuerdo con el marcador. Mientras que algunos trataban de poner paños fríos a la discusión otros seguían discutiendo encendidamente. Tanto así que uno optó por revolear la pelota e irse. Su equipo lo siguió. Uno del equipo contrario trató de convencerlos para que volviesen a la cancha y accedieron. Lo que más llamaba la atención eran los gestos del más estrafalario de ellos. Tenía el ceño fruncido, movía mucho las manos y caminaba como si fuese un gallo peleador. Desafiaba a todo el equipo contrario.  Cuando uno trató de bajar los deciveles  diciendo "vamos, dejemos de pelear" el contestaba con una entonación pronunciada: "¡que! Esto no es una pelea, ¿quieres ver una pelea? Esto nos ni de cerca una pelea". Mientras los gladiadores del basquet seguían su riña, otros miraban seriamente toda la escena mascando chicle y picaban su pelota.

Luego de observar unos minutos seguimos camino y subimos por una escalera que desembocaba en la calle Morningside Dr. calle lateral de la Catedral. Esta, de un estilo gótico inconfundible, consta de un patio en la parte lateral con una imponente escultura que funde a la luna, con un arcángel y un ciervo. La observamos por unos minutos y entramos al edificio. El techo se encontraba adornado de los restos de las torres gemelas formando un animal alado. Contemplamos un momento sus vitriales, las estatuas y la cúpula y nos dirigimos luego al Central Park. Chistosamente, al hacer unas dos cuadras notamos que los dos equipos de básquet que nos cruzamos en el parque ya se estaban despidiendo de una forma amistosa por suerte.
Al cabo de media hora, llegamos a la entrada norte del Central Park. Estábamos indecisos. No sabíamos si recorrer el parque en bicicleta o hacerlo caminando. Como la bicicletería cercana no tenía para alquilar decidimos posponer el parque y dirigirnos a Brooklyn. Era época de playoffs en la NBA y queríamos ver la posibilidad de sacar una entrada para la serie de los Nets con Miami Heat.
Llegamos a Brooklyn a eso de las 5 de la tarde. De la estación de Metro caminamos por la Fulton Av. hasta tomar una lateral y llegar al Barclays Center, hogar de los Brooklyn Nets. El fanatismo de la gente de Brooklyn por su equipo se hace notar al pisar el barrio. Muchos portaban la camiseta negra como si se tratara de una cuestión de estado. Inclusive, las tiendas destacaban sus productos relacionados con el equipo. Como segunda sorpresa nos dimos cuenta que el estadio por ser domingo se encontraba cerrado así que entramos a las tiendas cercanas a la zona. Una de las situaciones más curiosa de todo el viaje ocurrió en una casa de electrodomésticos. Yo portaba una mochila donde llevaba buzos y botellas de agua. Al salir estúpidamente le pregunté al guardia de seguridad si quería revisar mi mochila. El hombre me miró severamente y me dijo que no era necesario, "salvo que me esté llevando algo",  "You are stealing something?", "Nouuu" contesté. El hombre agitando los brazos y los hombros me decía en inglés algo así como "entonces confío en vos, andá tranquilo". Al salir, muy avergonzado por cierto, noté que en Argentina antes de entrar a una tienda somos tratados como ladrones potenciales, tanto que nos terminamos acostumbrando a esa acusación.

Seguimos caminando por Brooklyn en dirección a Manhatan por la Av. Atlantic. Hicimos una parada en la Cadman Plaza. Debido al buen clima mucha gente practicaba deporte. Un padre lanzaba su pelota de béisbol al chico, otros se animaban con la pelota de fútbol y algunos practicaban boxeo. Contemplamos el paisaje unos minutos. En ese instante intentaba atesorar la postal en mi cabeza. Para esa gente ese lugar era algo cotidiano, alcanzable. Para mí era un lugar que tal vez vería una sola vez en mi vida. La imposibilidad de volver a los lugares me provoca melancolía. Cierto es que las oportunidades únicas, irrepetibles hacen que la oportunidad se valore mucho más. Despidiéndome de ese ambiente emprendimos la marcha hacia el puente de Brooklyn. Antes paramos por un café de Starbucks. Las calles del centro además de ser ondulantes y angostas tienen la particular magia de tener como fondo de paisaje al famoso puente, Como ya estábamos cerca del atardecer propuse ir al Main Street Park, para tomar unas fotos. Debo decir que el paisaje es increíble. Ambos puentes, Brooklyn y Manhatan junto al espacio verde y la caída del sol formaban una atmósfera sencillamente hermosa. Sacamos varias fotos y ahora sí nos dirigimos al puente para regresar. En el camino nos encontramos con Alejandro, un argentino de Berazategui. Alejandro volvía mañana a Argentina. Mientras íbamos hacia el puente, nos contaba todo lo que le brindó la ciudad, los conciertos, las luces, la comida, etc. Ya en el puente (a no asustarse los autos van por debajo de una especie de camino elevado que permite el paso de peatones y ciclistas) mientras nos sacábamos fotos él  decidió dejarnos en nuestro furor de segundo día en la ciudad, apresuró la marcha y siguió camino. Era como si el estaba ya en otra sintonía, Lo seguí con la vista hasta que finalmente se perdió entre la muchedumbre. El paisaje de los edificios altos de Manhatan junto al río y el atardecer nos dieron una de las mejores postales de la ciudad. Bromeaba con mi hermano y nos mirábamos con la idea cómplice de que no podíamos creer lo que nuestros ojos contemplaban.
Ya del otro lado tomamos el Metro de regreso y volvimos al Hostel. Para nuestra suerte era día de Karaoke por lo que al poner la caradura y cantar unas canciones  comimos pizza y nos reímos por un buen rato.
Ya en nuestro cuarto nos metimos rápidamente en la cama. Había sido un día cargado y necesitábamos sumar fuerzas para todo lo que restaba por venir. Leí unas páginas de "Alejandro y los confínes del mundo" de Valerio Massimo Manfredi hasta que mis párpados se hicieron más pesados y se cerraron plácidamente.












20.9.14

Trotamundos: Llegada y Día 1 a Nueva York


Salí de mi trabajo más temprano que de costumbre. Saludé a mi mujer e hijo y me dirigí a lo de mi madre., punto de encuentro del taxi que nos llevaría a mi y a mi hermano Luca al aeropuerto. Nos despedimos y nos encontramos con Martín y su familia., el tercer protagonista de este viaje.
Dirigirme hacia un lugar que no conozco representa para mi una gran alegría. La elección de Nueva York como destino fue en realidad pura coincidencia. Nunca soñé de pequeño con visitar la Gran Manzana. La sugerencia llegó dos años atrás de Hernán, el tío de Lucia , mi novia. Lo definió de esta manera: "Las cuatro ciudades que tenes que visitar en tu vida son Londres, París, Roma y Nueva York". Ya conocía las otras tres. Me dije a mí mismo ¿Por qué no?
Antes de llegar a Estados Unidos, debíamos hacer escala en San Pablo, Brasil. Debo decir que imaginaba el aeropuerto mucho más moderno y mejor organizado. Nos encontramos con la sorpresa que en tres puertas se embarcaban 15 vuelos y el nuestro estaba retrasado una hora. La sala de espera se encontraba repleta y las sillas a esa altura se habían convertido en un lujo. Luego de esperar esa hora y media finalmente embarcamos.
Ya instalados en el avión nos llevamos una grata sorpresa al ver el sistema de películas y audio con el que contábamos.  Mi selección fue la segunda parte del Hobbit. La gran decepción fue saber que el único subtitulado disponible era el portugués. Para mi fortuna la trama se podía seguir bastante bien dadas las circunstancias. Luca protestaba. Su pantalla se trabó en la cámara trasera del avión y como era de noche lo único que visualizaba era el negro profundo del cielo. Luego de quejarse un buen tiempo tomó la almohada, bajó su capucha, se cruzó de brazos y se recostó para dormir. Luego de 2 horas de película los párpados se me caían pesadamente. Luego del resistir por media hora pare la película y me acosté a dormir.
Al día siguiente me desperté con el desayuno. Luego de comer vorazmente (la ansiedad me carcomía) termine la película del día anterior. Unos minutos antes del final, el capitán señalaba que en unos minutos aterrizaríamos. La carrera entre el fin de la película y el inicio del aterrizaje me ponía nervioso (manía del autor, si empiezo algo deseo terminarlo desde que no pude terminar lo que el viento se llevo en la casa de un tío muchos años atrás). Para mi fortuna la película terminó momentos antes del aterrizaje.
Si bien nos daba cierta intriga y nerviosismo el pasar los controles de seguridad  para entrar a Estados Unidos, debo decir que todo se desarrolló sin complicaciones, tanto así que el policía que nos atendió nos dio como tiempo máximo para permanecer en el país dos meses más de lo que imaginábamos.
Nuestro primer desafío fue encontrar la tarjeta para el Metro. Llegamos a las máquinas expendedoras pero como no nos fiábamos le preguntamos a la empleada de seguridad que por suerte hablaba español. Nos indicaba que podíamos comprarla en un quiosco frentes a las máquinas. Por 30 dólares  la metro card nos daba acceso al metro las 24 hs durante 7 días .
Ya en los molinetes la misma empleada nos indico como debíamos poner la tarjeta. Pase yo, luego Luca pero Martín ponía la tarjeta al revés repetidamente. La empleada ya exasperada tomó la tarjeta ella misma y la pasó por él. Casi como una madre a un hijo lo regaño tomando se las manos y agitándolas de arriba a abajo con signos de fastidio.
Ya en el Airtrain, el tren que conectaba con el metro, la esencia de Nueva York se dejaba entrever. Una mujer hablaba en un lenguaje que me sonaba a Rumano o Serbio al mismo tiempo que una pareja de chinos contemplaba la vista de la ciudad y en paralelo dos afroamericanos charlaban entren ellos y sonreían haciendo chistes. New York, la ciudad de las nacionalidades.
El recorrido desde al aeropuerto a Midtown, donde se encontraba nuestro hostel, demoró unos 40 minutos.
Si bien estábamos en la ciudad hace dos horas, para mi caer en la idea de que pisaba Nueva York fue al salir del metro y encontrarme con lo imponente de la ciudad. Los rascacielos, los taxis y la gente caminando apurada hablando por sus celulares me introducía en un marco que reconocía de las películas de cine pero nunca había experimentado.
Caminamos unas 8 cuadras desde la avenida Lexington y calle 42  hasta la calle 34 y la 3er. avenida. Subimos a la recepción del hostel. Nos atendió un hombre de anteojos con el pelo rubio platinado que se hacia llamar (o era tal vez su nombre real, nunca lo sabremos) Caruso, aparentemente por sus dotes en el canto. Pagamos, dejamos la valija en el hotel y nos fuimos a caminar ya que nuestra habitación se desocupaba en una hora.
Caminamos hacia el sur y llegamos hasta Union Square. En ella pudimos contemplar una feria donde vendían alimentos como pescado, miel y especias. La plaza se encontraba repleta. Tal vez por el día caluroso y soleado del que disfrutábamos.  Continuamos camino hacia el Gramercy Park. A esa altura estábamos exhaustos y queríamos tomar asiento dentro del parque pero a medida de que dabámos vueltas para entrar notamos que sólo los residentes del barrio tenían acceso al mismo. Los pocos que entraban utilizaban unas llaves, hechos que nos impresionó mucho ya que aquí en Argentina todos los parques son de acceso libre. Debido al cansancio del vuelo y todo lo que habíamos caminado decidimos parar en un Taco Bell, cerca de Union Square. Ya con el tanque lleno seguimos por Broadway, bordeamos el Madison Square Park y mi intención era llegar hasta el Bryant Park, pero mis compañeros desistieron de mi idea y al llegar la calle 23 emprendimos el retorno al hostel.
Entramos en la habitación. La misma contaba con dos camas dobles, amplia iluminacion, escritorio y hasta una heladera pequeña. El panorama acogedor pareció implosionarnos. Dejamos rápidamente todo y nos recostamos. Parecía ser que el clima era muy cambiante en la ciudad. Durante toda nuestra estadía el clima estaba invadido siempre de sol radiante. Tan solo 3 horas después de llegar una lluvia intensa caía violentamente.
Eran tan solo las 5 de la tarde. Yacía recostado en mi cama y una fuerza dentro mío me impedía quedarme en esa posición. Era mi primer día en Nueva York y mi voz interior me decía que debía salir a caminar. Me puse las zapatillas, una campera y miré alrededor buscando algún cómplice pero mis compañeros de aventura no parecían tener la misma energía que yo. Dormían profundamente.
Me dirigi hacia la puerta del hostel. Observe unos segundos dubitativos la cortina de agua del exterior y me empuje hacia afuera.
Fascinado pero con una melancolía casi cinematográfica compré un café en Mcdonalds y me lo fui tomando mientras me mojaba al caminar debajo de la lluvia. Me fui caminando para el lado de East River sabiendo que cualquier lugar para el que me dirija iba a ser un descubrimiento, una conquista. A pesar de lo nublado del día, pude apreciar nuevamente los edificios altos y modernos, las avenidas anchas y algunos apartamentos de estilo victoriano que parecían resistir el avance de los rascacielos gigantes, como si conservaran en ellos parte de la historia británica y holandesa de los primeros colonos.
De repente paró de llover. Los autos no dejaban de pasar en una calle que luego se convertía en autopista y muchos se apresuraban para correr a las plataformas de los ferrys que los llevaban a Queens y Brooklyn.
Me dirigí rumbo al norte en dirección a Tudor City. En una plaza de juego, desierta por el mal tiempo, una madre jugaba con su hijo al béisbol. Sea el lugar que fuere, madre hay una sola. Rápidamente llegué al edificio de las Naciones Unidas. La inmensa torre, tanto de ancha como de alta, se impone a la lejanía y en contraste de la zona de edificios bajos del barrio. Tan grande era que tuve que alejarme unos metros para que mi celular pudiese captar la fachada completa. Pasé unos minutos allí y luego me escurrí por los rincones del barrio. Este se encuentra elevado en relación a otros y en el se pueden ver jardines con arreglos florales muy detallistas y coloridos.
De allí tomé la Calle 42 hacia el oeste hasta divisar el Chrysler Building, muy característico de Nueva York como el Empire Estate, Top of the Rock y Flatyron Building. Al lado del imponente edificio me topé con la Grand Central Terminal, una de las estaciones de tren más utilizada en el cine.Al ingresar a la estación me vi completamente deslumbrado por el tamaño del lugar. Los grandes ventanales de vidrio, la bandera de bandas y estrellas, el color amarillento del mármol y su imponente iluminación me sorprendieron a tal punto que decidí quedarme unos minutos a contemplar tan tremendo lugar.
Ya se estaba haciendo tarde y visto y considerando que no había dejado avisado a mis compañeros de viaje de hacia donde me dirigía (ni siquiera yo lo sabía) decidí emprender el regreso.
A mi retorno los dormilones recién se despertaban. Eran alrededor de las 18.30. Nos bañamos y salimos en dirección a Times Square.
Debido a que era fin de semana, toda la zona de Broadway se encontraba repleta de gente. Las carteleras extremamente iluminada, los anuncios, los pubs llenos, recreaban una atmósfera conocida pero jamás vivida.
Caminábamos por la zona mirando el mapa para saber como llegar a la mítica plaza neoyorquina, hasta que lentamente a nuestra derecha podíamos apreciar el gran edificio del New York Times con los famoso carteles de publicidad. Toda la zona era un centro iluminado. La gente reía porque sabia que estaba en un lugar conocido a nivel mundial. El hecho de pisar ese suelo nos provocaba un sentimiento de desconfianza, como si esa escena no fuera real.
Sacamos varias fotos, sobre todo desde las tribunas que pueblan parte de la plaza, y nos fuimos a cenar.
Entramos a una clásica pizzería norteamericana situada a unas dos cuadras de allí. Pedimos unas pizzas acompañadas de unas gaseosas. La porción, con menos queso pero mucho más grande que una "chicago style" como le dicen a lo que se come acá en Argentina, superó ampliamente las expectativas, sobre todo para mi hermano Luca que quedó enamorado de la pizza parecida a la de las Tortugas Ninjas. Volvimos por donde regresamos. Por ser sábado en ciertas partes de Broadway se nos hacía imposible caminar.
Ya cerca del Hostel, las calles se volvieron menos transitadas y la presencia de los rascacielos y el silencio me provocaban una inmensa realización en mi yo interior, esa que con ansías busca lo desconocido, la aventura. Llegamos al Hostel, nos acostamos y agradecimos por un día lleno de sensaciones y un porvenir prometedor.






9.5.14

Trotamundos: Una nueva aventura comienza...

Llego a la avenida, observo a la gente caminar y me detengo un segundo en esta noche fría y húmeda. Montones de desconocidos yendo y viniendo. La ciudad se comporta como un organismo vivo con miles de eslabones que van y vienen como si se tratasen de células en un cuerpo. Me despido por el momento de mi hogar. En unas horas estaré a miles de kilómetros de distancia iniciando un viaje que me deparará nuevas experiencias y sensaciones.
"Los viajes nos conectan con ese espíritu nómada que tenemos los seres humanos" escuché decir años atrás. Nada mejor descrito. Los viajes nos hacen sentir libres. Ya sea por unos días o varios meses la sensación al viajar es "volar" para el hombre.
Una nueva aventura comienza. Mantenete cerca del Trotamundos para que juntos nos metamos de lleno en ella.

Un saludo para todos!! 

25.4.14

Gracias de Corazón...


Jean Baptiste tiene 27 años. Es de estatura media y con contextura musculosa. Sus ojos son curiosos pero simples y cálidos a la vez. Cuando uno le habla su mirada es atenta y se esfuerza por entender a pesar que es notorio una dificultad, aunque mínima, en el manejo del idioma español. Tiene una sonrisa amplia y de dientes blancos y pulcros como el marfil. En todo momento intenta reír aun cuando se le hace una pregunta. Expresa que ante la adversidad sólo sabe reír. Quizás un hábito adquirido en su Haití natal. 
Estudiaba medicina en su país pero un terremoto destruyó su ciudad. Otro sepultó a su familia y hasta tuvo que cargar a uno de sus hermanos hasta los cuerpos de salvataje para que no quede perdido entre escombros. 
Vino a la Argentina hace nueve meses y estudia actualmente enfermería. Termino de explicarle los formularios que debe completar y el horario en que debe venir a completar sus trámites. Cuando pensaba que esa iba a ser una despedida más de miles que pasé en toda mi vida, un gesto que a cualquiera se le puede pasar desapercibido me genera un profundo sentimiento de calidez, bondad y esperanza. Jean Baptiste me mira, agacha levemente la cabeza, sonríe con su dentadura blanca y cristalina, me mira a los ojos y me dice "gracias" llevando un par de veces su mano abierta al corazón. 
No le regalé ningún obsequio, no le di dinero, no le resolví ningún problema de gravedad. Simplemente, para mí al menos, le ayudé a completar unos formularios. Sin embargo, él me hizo darme cuenta que las buenas acciones, por más pequeñas que parezcan, se agradecen con el corazón.

FIN