8.2.16

El significado católico del Carnaval

Que tal queridos lectores,

Seguramente ya están disfrutando del feriado largo de carnaval (si son de Argentina). Más allá del merecido descanso y festejo que permite la fiesta,  para los que sienten curiosidad del origen y significado de esta continúen leyendo las siguientes lineas.

Si bien festividades anteriores se festejaban en el Antiguo Egipto o en el mismo Imperio Romano, la celebración documentada data de la edad media cuando la Iglesia Católica lo impuso como festividad.

Los días de carnaval dan inicio unos días del miércoles de ceniza, día que da comienzo a la cuaresma. es decir, como lo indica la palabra, un período que consta de 40 días hasta el Domingo de Ramos, momento que celebra la entrada de Cristo triunfante con sus seguidores a Jerusalén.

El miércoles de ceniza es un día caracterizado por invitar a una profunda reflexión. Se utilizan las cenizas de las palmas utilizadas en el Domingo de Ramos del año anterior y, al igual que el viernes santo, se instruye a mantener ayuno*. Las cenizas se reciben generalmente en la frente como símbolo de que, lo que fue gloria en el pasado puede cambiar rápidamente en el presente.**

En relación a la penitencia y el ayuno nos encontramos conque la palabra Carnaval (Palabra en latín Carne-vale) significa adiós a la carne. Tal vez, el período cuaresmal tan reflexivo y penitente por venir, iniciado por el miércoles de ceniza, probablemente haya determinado a los días de carnaval como días de gran libertinaje y festejo desmedido.

Si bien el carnaval es una festividad celebrada diversa y variadamente en distintas partes del mundo, entre los principales se destacan el de Río de Janeiro (El más grande del mundo), el Mardi Gras en Nueva Orleans y el de Venecia con sus tradicionales máscaras.

Más allá de los festejos y el color, siempre hay un sentido y un origen detrás. Sólo hay que mantener la curiosidad a flor de piel y lanzarse a la búsqueda.

*: Algunos mantienen la tradición de realizar ayuno durante toda la cuaresma.
**: Esta es una de las acepciones, culturas antiguas utilizaban ceniza como sentido de penitencia para celebrar sus rituales. 

10.1.16

Los siete puentes - Yukio Mishima


Que tal queridos lectores,

¿como los trata el 2016? Hoy les traigo una recomendación que curiosamente se realizó hace exactamente ocho años atrás de parte de una gran compañera de universidad y amiga, +Clarisa Saulo
El destino o la mera casualidad hacen que haya retomado este cuento exactamente el 10/01/2008 pero tengo el presentimiento de que el tiempo acomoda todo y que en aquel entonces estaba demasiado verde como para leerlo.
Clari, no me sorprende la profundidad del cuento ya que, además de ser una gran amante de la cultura japonesa siempre te caracterizaste por tener una curiosidad implacable y una percepción de lo sensible muy desarrollada.
Cuando me pongo a pensar en los recuerdos del grupo CAECE me parece todo de otra vida. Tal vez, como decía Chiovetta, nosotros ya no somos aquellos pero me reconforta saber que algo quedó en nuestra esencia de los Saulo y Yubero caecianos.

Para mitigar estos aires de congoja y nostalgia, a continuación la obra en cuestión.

¡Espero que la disfruten!


LOS SIETE PUENTES
YUKIO MISHIMA


Eran las once y media de una noche de luna llena del mes de septiembre. Al terminar la reunión a la cual habían asistido, Koyumi y Kanako regresaron a la Casa del Laurel e inmediatamente vistieron sus kimonos de algodón. Hubieran preferido bañarse antes de cambiar su ropa, pero aquella noche no quedaba tiempo para eso.
Koyumi tenía cuarenta y dos años, una figura regordeta, alrededor de cinco pies de altura y un kimono estampado con hojas negras. Kanako, la otra geisha, aun cuando sólo tenía veintidós años y era buena bailarina, no tenía protector y parecía destinada a no desempeñar nunca un papel de importancia en los bailes anuales de otoño y primavera de las geishas. Su kimono de crêpe tenía remolinos azules sobre un fondo blanco.
—Me gustaría saber qué dibujos tendrá el kimono de Masako esta noche—dijo Kanako.
—Tréboles. Ni lo dudes. Está desesperada por tener un hijo.
—¿A tanto ha llegado?
—No, y ése es el problema— Repuso Koyumi—. Todavía le falta mucho para obtener tal triunfo. Si no, sería como la Virgen María. ¡Tendría un niño simplemente por haberse enamorado de un hombre!
Una superstición común entre las geishas es que, cuando una mujer usa un kimono de verano estampado con tréboles o uno de invierno con paisajes dibujados, ha de quedar embarazada en un corto lapso.
Cuando, por fin, terminaron su arreglo, Koyumi sintió súbitos alfilerazos de hambre. Esto le sucedía cada vez que salía para la ronda de fiestas nocturnas. El hambre se le antojaba como una catástrofe inesperada que le llegaba desde afuera y sin previo aviso.
Nunca la asaltaba el apetito frente a los dientes por más aburrida que resultara la reunión; pero, antes y después de su actuación, el hambre la atacaba por sorpresa. Koyumi no podía nunca prever esta eventualidad comiendo en el tiempo debido. A veces, por ejemplo, cuando concurría a la peluquería durante la tarde, observaba a las otras geishas encargar su comida y probarla con deleite mientras aguardaban su turno. Aquello no producía a Koyumi ninguna impresión. Ni siquiera podía imaginar que el risotto o cualquier otro plato, resultara apetitoso. Sin embargo, una hora después, comenzaban los dolores provocados por el hambre y la saliva fluía, tibia, desde las raíces de sus pequeños y fuertes dientes.
Koyumi y Kanako pagaban cierta cantidad mensual a la Casa del Laurel en concepto de publicidad y alimentos. La cuenta de Koyumi era siempre excepcionalmente abultada. No sólo era muy golosa, sino que también era de gustos delicados. Sin embargo, desde que había adoptado el hábito de comer solamente antes y después de sus apariciones en público, su cuenta había ido decreciendo y amenazaba, ahora, con ser menor que la de Kanako.
Koyumi no recordaba el origen de esta excéntrica costumbre ni el día en que comenzó a detenerse en la cocina antes de la primera reunión de la noche y a pedir, con impaciencia, mientras bailaba:
"¿No hay alguna cosita para comer?" Ahora había adquirido la costumbre de cenar en la cocina de la primera casa y de efectuar un último refrigerio en las dependencias de la vivienda en la que terminaba la noche. Su estómago se había acostumbrado a esta rutina y, en consecuencia, su cuenta en materia de alimentos en la Casa del Laurel, había disminuido notablemente.
El Ginza estaba casi desierto cuando las dos geishas comenzaron a caminar hacia la Casa Yonei en Shimbashi.
Kanako señaló el cielo que se vislumbraba sobre el techo de un Banco cuyas ventanas estaban protegidas por gruesos barrotes:—Tenemos suerte con el tiempo, ¿no es cierto? Hoy hasta se podría ver a un hombre en la Luna.
Los pensamientos de Koyomi estaban concentrados en su estómago. Su primera reunión había tenido lugar en lo de Yonei y, la última, en lo de Fuminoya. Sólo en aquel momento caía en la cuenta de que había sido un error no cenar en lo de Fuminoya antes de marcharse. Había tenido que salir precipitadamente rumbo a la Casa del Laurel y el tiempo había resultado escaso. Tendría que reclamar su cena en lo de Yonei, en la misma cocina donde había comido horas antes. Este pensamiento la apesadumbró.
Sin embargo, la ansiedad de Koyumi se disipó tan pronto como hubo puesto un pie dentro de la cocina. Masako, la muy cuidada hija de la dueña del lugar, las aguardaba en la puerta. Llevaba, efectivamente, el kimono con tréboles que sus fantasías le habían adjudicado. Al ver a Koyumi, dijo con gran tacto: —No las esperaba tan pronto. No tenemos prisa. ¿Por qué no entran y comen algo antes de irse?
La cocina estaba en desorden, colmada de sobras de las fiestas de la noche. Enormes pilas de platos y bols brillaban a la luz de las lamparillas sin pantalla. Masako estaba de pie, con una mano apoyada en el marco de la puerta. Ocultaba la luz con su cuerpo y su rostro permanecía en la sombra. Koyumi se alegró que aquella circunstancia no revelara la expresión de alivio que le había provocado la invitación de Masako.
Mientras Koyumi se instalaba frente a su cena, Masako llevó a Kanako hasta su cuarto. De todas las geishas que frecuentaban la Casa Yonei, era ella con quien más congeniaba. Tenían la misma edad, habían concurrido a la misma escuela primaria y su belleza era muy semejante. Pero, por encima de estas razones, lo cierto es que Kanako realmente le gustaba.
Kanako era tan modesta que parecía lista para ser arrebatada por la más ligera brisa. Sin embargo, había acumulado toda la experiencia necesaria y una palabra dicha por ella como al descuido, traía enormes beneficios a Masako. La alegre Masako era, por el contrario, tímida y aniñada en todo lo referente al amor. Su puerilidad era de todos conocida y su madre estaba tan segura de la inocencia de la muchacha, que el kimono con tréboles no había despertado sus sospechas.
Masako estudiaba en la Facultad de Artes de la Universidad de Waseda. Siempre había sentido profunda admiración por R, el actor de cine. Esta pasión no había hecho sino aumentar desde el día en que el actor visitara la Casa Yonei.
Su habitación estaba atiborrada con fotografías del astro y había encargado un jarrón esmaltado con su foto junto a él obtenida en ocasión de tan memorable visita. Se destacaba sobre su escritorio, siempre lleno de flores.
Kanako se sentó y dijo: —Hoy dieron a conocer el reparto. —Frunció su boca en un mohín.
—¿Ah, sí?—Apenada por Kanako, Masako fingió no estar enterada del asunto.
—No he conseguido más que un pequeño papel. Nunca lograré algo mejor. Es como para descorazonarme. Me siento como una chica que, en un espectáculo musical, permanece año tras año en el coro.
—Estoy segura de que el año que viene te darán un buen papel.
Kanako sacudió la cabeza: —Mientras tanto, envejezco. Sin siquiera advertirlo, pronto seré como Koyumi.
—No seas tonta. Todavía te faltan veinte años.
Aquella noche no hubiera sido apropiado, para ninguna de las jóvenes, mencionar, en el curso de la conversación, el objeto de sus plegarias elevadas al cielo. Pero, aun sin preguntarlo, todas lo sabían. Masako deseaba una aventura con R.; Kanako un buen protector, y ambas no dudaban de que Koyumi pedía dinero.
Estaba claro que sus plegarias tenían diferentes objetivos todos ellos muy razonables. Si la Luna no se los otorgaba, sería el astro, y no ellas, quien fallaría. Sus esperanzas se reflejaban simple y honestamente en sus rostros y eran deseos tan humanos que cualquiera que contemplara a aquellas tres mujeres caminando a la luz de la luna, no podría dudar de que el astro de la noche reconocería su sinceridad y respondería a sus plegarias.
—Vendrá alguien con nosotros esta noche—anunció Masako.
—¿Quién?
—Una sirvienta. Se llama Mina y ha llegado del campo hace un mes. Le dije a mi madre que no quería que viniera conmigo, pero Mamá insistió en que se quedaría preocupada si no enviaba a alguien para acompañarme.
—¿Cómo es?—preguntó Kanako.
—Ya la verás. Es, lo que podríamos llamar, bien desarrollada
En aquel momento Mina entreabrió las puertas corredizas ubicadas tras ellas y asomó la cabeza.
—Ya te he dicho que cuando abras las puertas corredizas, deberás, primero, arrodillarte, y luego, abrirlas. —El tono de Masako era altanero.
—Sí, señorita.
Kanako contuvo la risa frente a la aparición de la muchacha que llevaba un vestido entero hecho con retazos y parches de tela de kimono. Sus cabellos se rizaban en una apretada permanente y unos brazos extraordinariamente morenos asomaban de sus mangas y rivalizaban con el colorido de su rostro. Las mejillas abultadas aplastaban sus rasgos abotagados y sus ojos parecían dos ranuras. Aun cuando cerrara la boca, sus dientes irregulares y prominentes se ingeniaban para aparecer entre los labios. Resultaba difícil descubrir en aquel rostro expresión alguna.
—¡Un buen guardaespaldas! —murmuró Kasako al oído de su amiga.
Masako adoptó un tono severo: —Vuelvo a repetir lo que ya os he dicho antes. En cuanto salgamos de esta casa, ya no podréis abrir la boca, pase lo que pase, hasta que hayamos cruzado los siete puentes. Una sola palabra y no obtendréis lo deseado. Si alguien conocido nos habla, mala suerte. Sin embargo, no creo que exista ningún peligro en ese sentido. Algo más. No podéis usar dos veces el mismo camino, y es menester que nos limitemos a seguir a Koyumi, quien lo dirigirá todo.
Masako había tenido que presentar en la Universidad una monografía sobre Marcel Proust pero, en lo referente a cuestiones de esta naturaleza, la moderna educación recibida en la escuela no le hacía mella alguna.
—Sí, señorita —contestó Mina, de quien no podía saberse si había comprendido o no.
—Como tienes que venir de todos modos, también puedes formular un deseo. ¿Has pensado en algo?
—Sí, señorita —y una sonrisa se extendió lentamente por su rostro.
—¡Bueno, bueno, parece que reacciona como todo el mundo!—comentó Kanako.
En aquel momento apareció Koyumi, palmeándose alegremente el estómago:—Ya estoy lista—anunció.
—¿Has elegido buenos puentes? —preguntó Masako.
—Comenzaremos con el puente Miyoshi. Como pasa sobre dos ríos, ¡cuenta como dos puentes! ¿No es cierto que eso facilita las cosas? Si se me permite decirlo, apuntaré que esta elección significa una gran muestra de inteligencia de mi parte.
Sabiendo que una vez afuera ya no podrían pronunciar una sola palabra, las tres mujeres comenzaron a hablar en voz alta y todas al mismo tiempo como para desquitarse del obligatorio silencio que luego deberían guardar. La conversación prosiguió hasta llegar a la puerta de la cocina. Las Geta de laca negra de Masako la esperaban sobre el piso de tierra junto a la puerta, y mientras deslizaba sus pies desnudos en ellas, las uñas esmaltadas de sus dedos brillaron suavemente en la oscuridad.
—¡Esto sí que es elegancia! ¡Esmalte de uñas y geta negras! ¡Ni la Luna podrá resistirlo! —exclamó Koyumi.
Las cuatro mujeres, guiadas por Koyumi, salieron a la avenida Showa. Pasaron frente a una playa de estacionamiento donde gran cantidad de taxis, ya finalizado el trabajo del día, reflejaban la luna en sus negras carrocerías. Se escuchaba el rumor de los insectos alojados bajo los autos. El tráfico era aún denso en la Avenida Showa, pero la calle ya estaba dormida y el rugido de las motocicletas resonaba tristemente solitario sin el habitual acompañamiento de ruidos callejeros.
Algunas pequeñas nubes cruzaban el cielo iluminado por la Luna. Apenas rozaban el gran banco de nubarrones que se cernía en el horizonte. La luna brillaba limpiamente.
Cuando se silenciaba el rumor del tráfico, el repiquetear de las geta sobre la calzada parecía repercutir directamente en la superficie azul del cielo.
A Koyumi, que caminaba al frente, le agradaba ver ante sus ojos la ancha calle desierta. Se jactaba de no tener que depender de nadie y estaba contenta porque tenía el estómago lleno. Mientras caminaba alegremente le costaba vislumbrar la razón por la cual ansiaba más dinero. Sentía como si su verdadero deseo fuera fundirse suave e involuntariamente en la luz de la luna que bañaba el pavimento. Fragmentos de vidrio brillaban aquí y allá. Hasta el vidrio podía resplandecer bajo la luz de la luna... Reflexionó y se dijo que, quizás, su deseo tan largamente acariciado era como aquel vidrio roto.
Masako y Kanako, con los meñiques entrelazados, iban pisando la larga sombra que Koyumi arrastraba a sus espaldas. El aire de la noche era fresco y ambas sentían cómo la brisa suave penetraba en sus mangas enfriando sus pechos húmedos por la transpiración provocada en la excitación de la partida. A través de los dedos entrelazados se comunicaban sus ruegos aún con más elocuencia que por intermedio de la palabra.
Masako soñaba con la dulce voz de R., con sus largos ojos bien delineados, con su pelo ondulándose bajo las sienes. Ella, como hija del dueño de un restaurante de primera categoría en Shimbashi, no podía ser confundida con otras admiradoras..., no veía, pues, ningún motivo para que su plegaria no fuera escuchada. Recordó que al hablarle R. al oído, su aliento era fragante y sin rastros de alcohol. No podía olvidar aquel aliento joven, masculino, lleno de calor como el heno en verano. Cuando estos recuerdos la asaltaban sentía algo semejante a una onda de agua deslizándose sobre su piel desde las rodillas hasta los muslos. Estaba segura, y tan insegura también, de que el cuerpo de R. existía en alguna parte del mundo. La duda la torturaba constantemente.
Kanako soñaba con un hombre maduro, rico y gordo. Tenía que ser gordo, pues si no, no parecería rico. Pensó en la felicidad que le dispensaría ¡cerrar los ojos y sentirse rodeada de su liberal y generosa protección! Kanako estaba acostumbrada a soñar, pero hasta aquel momento su experiencia le había demostrado que, al abrir los párpados nuevamente, el hombre en cuestión había desaparecido.
Como movidas por un mismo impulso, las dos muchachas volvieron la cabeza y por encima de sus hombros vieron que Mina las seguía pesadamente. Apretaba sus mejillas con las manos, se balanceaba en forma grotesca e iba golpeando el ruedo de su vestido a cada paso. Masako y Kanako coincidieron en que la presencia de Mina constituía un insulto a sus plegarias.
Giraron hacia la derecha, en la Avenida Showa, en el punto donde se encuentran el primero y segundo barrio del Ginza Este. La luz de los faroles bajaba como caída de agua a intervalos regulares a lo largo de los edificios. En la calle angosta, las sombras ocultaban la luz de la luna.
En seguida contemplaron el Puente Miyoshi, frente a ellas. Era el primero de los siete puentes que deberían cruzar.
Está construido en forma curiosa. Se asemeja a una "Y" debido a la bifurcación del río en dicho lugar.
En la orilla opuesta los sombríos edificios de la Oficina del Distrito Central parecían achatarse y la blanca cara de un reloj en su torre proclamaba una hora absurda e incorrecta contra el cielo oscuro.
El puente Miyoshi tiene una balaustrada de escasa altura, y en cada esquina de su parte central, allí donde se encuentran los tres brazos del puente, hay un farol antiguo del que cuelgan un grupo de lamparillas eléctricas.
No todas estaban encendidas y los globos apagados lucían opacos y mortecinos bajo la luz de la luna. Gran cantidad de insectos voladores se arremolinaban junto a las luces.
El agua del río se encrespaba bajo el resplandor lunar.
Antes de cruzar el puente, las mujeres, dirigidas por Koyumi juntaron las manos para formular sus ruegos. Una débil luz brillaba en la ventana de un edificio cercano y un hombre, que aparentemente había cumplido labores fuera de horario salió de él. Estaba echando llave a la puerta, cuando, advirtiendo el extraño espectáculo, suspendió su ocupación.
Las mujeres comenzaron a cruzar el puente lentamente. No era sino una prolongación del pavimento; pero al hollarlo, sus pasos se hicieron más pesados e inseguros, como si estuvieran subiendo a un escenario. Faltaban pocos metros para franquear el primer brazo del puente, pero ello les infundió una sensación de alivio y tarea cumplida.
Koyumi se detuvo bajo un farol y juntó nuevamente las manos. Las demás la imitaron. De acuerdo con los cálculos de Koyumi, el cruzar dos de los tres brazos del puente, equivalía a dos puentes por separado. Esto significaba que deberían formular sus peticiones cuatro veces en el Puente Miyoshi.
Masako observó los rostros asombrados de los pasajeros de un taxi que pasaba. Pero Koyumi no prestaba atención a tales cosas. Cuando las mujeres llegaron frente a la Oficina del Distrito, oraron por cuarta vez. Kanako y Masako comenzaron a sentir que, junto con el alivio que les proporcionaba el haber cruzado sin inconvenientes los dos primeros puentes, las oraciones, que hasta aquel momento no habían tomado demasiado en serio, representaban algo de trascendental importancia.
Masako llegó a convencerse de que prefería estar muerta si no podía consumar su encuentro con R. El solo hecho de cruzar dos puentes había multiplicado la intensidad de sus deseos. Por otra parte, Kanako creía ahora que la vida no merecía la pena de ser vivida si no encontraba un buen protector. Sus corazones se llenaron de emoción y los ojos de Masako se humedecieron repentinamente.
A su lado, Mina, con los ojos cerrados, mantenía reverentemente las manos juntas. Masako no dudó de que, cualquiera fuera la plegaria de Mina, jamás sería tan importante como la suya. Sintió desprecio y también envidia por la cueva vacía e insensible que era el corazón de la sirvienta.
Caminaron hacia el Sur, siguiendo el río hasta la estación de tranvías. El último coche había partido hacía ya largo rato, y las vías que quemaban durante el día bajo el sol de otoño, eran ahora dos líneas blancas y frías.
Aun antes de llegar a la estación, Kanako había comenzado a sentir extraños dolores en su abdomen. Algo le había caído mal. Los primeros síntomas de un calambre se desvanecieron a los dos o tres pasos seguidos por la sensación de alivio al olvidar el dolor. Mientras se felicitaba por ello, el calambre comenzó a atenacearla nuevamente.
El Puente Tsukiji era el tercero en la lista. Al término de este sombrío puente, ubicado en el centro de la ciudad, distinguieron un sauce plantado a la usanza tradicional. Era un sauce solitario que, normalmente, no se hubieran detenido a mirar mientras pasaban rápidamente en auto. Crecía en una pequeña franja de tierra salvada del cemento. Sus hojas, fieles a la tradición, temblaban con la brisa del río. A aquellas avanzadas horas de la noche los edificios bulliciosos morían a su alrededor. Sólo el sauce se agitaba, vivo.
Koyumi se detuvo bajo el sauce y juntó las manos para orar. Era quizás su responsabilidad como guía, pero lo cierto es que su rolliza figura se erguía en forma desacostumbrada. En realidad, hacía ya tiempo que Koyumi había olvidado el motivo de sus ruegos. En aquel momento, lo más importante era, para ella, cruzar los siete puentes sin inconvenientes. Esta determinación era la manifestación de que cruzar los puentes se había convertido en el objeto de sus oraciones. Podrá parecer ésta una meta bastante peculiar, pero, como sus repentinos ataques de hambre, pertenecía a su modo de vivir. Mientras caminaba bajo la luna, estos pensamientos se convirtieron en extrañas convicciones. Mantuvo la espalda más derecha que nunca y fijó la mirada hacia adelante.
El Puente Tsukiji es un puente totalmente desprovisto de encanto. Los cuatro pilares de sus extremos carecen de todo atractivo. Sin embargo, mientras lo cruzaban, las cuatro mujeres pudieron oler por primera vez algo parecido al aroma del mar. Soplaba un viento con reminiscencias de brisa salada. Hasta un aviso de neón rojo perteneciente a una compañía de seguros, que podía divisarse hacia el sur, parecía un faro proclamando la proximidad del océano.
Cruzaron el puente y oraron de nuevo. Kanako sintió que su dolor, ahora agudo, le provocaba náuseas. Pasaron por la terminal de tranvías y caminaron entre los viejos edificios amarillos de las empresas S. y el río. Kanako comenzó a rezagarse. Masako, preocupada, aminoró el paso, pero no pudo romper el silencio para preguntarle si se sentía mal. Finalmente, Kanako se hizo entender oprimiendo su vientre y haciendo muecas de dolor.
Sin advertir lo que sucedía, Koyumi seguía marchando triunfalmente hacia adelante. Se agrandó la distancia entre ella y sus compañeras.
Cuando por fin un excelente protector aparecía frente a sus ojos, tan cerca que sólo necesitaba estirar la mano para tocarlo, Kanako sintió con desesperación que sus manos no podrían estirarse lo suficiente. Su rostro estaba mortalmente pálido y una pegajosa transpiración brotaba de su frente.
El corazón humano es sorprendentemente mudable. A medida que el dolor de su abdomen se hacía más intenso, Kanako comprendió que cuanto había deseado con tanto fervor minutos atrás, perdía toda realidad y sólo quedaba reducido a un sueño pueril, irreal y fantástico. Mientras luchaba contra el palpitante e implacable dolor, pensó que, si abandonaba aquellas tontas ilusiones, sus sufrimientos cesarían de inmediato.
Cuando, por fin, el cuarto puente apareció ante sus ojos, Kanako posó suavemente una mano sobre el hombro de Masako y, con ademanes semejantes al lenguaje de la danza, señaló su estomago y sacudió la cabeza. Los mechones de pelo pegados a sus mejillas por la transpiración expresaban bien a las claras que no podía continuar. Abruptamente volvió la espalda y se alejó precipitadamente rumbo a la estación terminal de tranvías.
El primer impulso de Masako fue el de seguirla; pero, recordando que su plegaria quedaría anulada si la interrumpía, se contuvo y sólo miró alejarse a Kasako.
Sólo al llegar al puente, Koyumi advirtió que algo andaba mal. Para ese entonces, Kanako corría frenéticamente bajo la luna sin importarle su aspecto desaliñado. Su kimono azul y blanco flameaba en la brisa y sus geta resonaban entre los edificios cercanos. Un taxi solitario parecía esperarla providencialmente en una esquina.
El cuarto puente era el de Irifuna. Era menester atravesarlo en dirección opuesta a la del Puente Tsukiji.
Las tres mujeres se congregaron en el extremo del puente y oraron con idéntico fervor. Masako sentía pena por Kanako, pero su compasión no brotaba tan espontáneamente como de costumbre. Sólo reflexionaba fríamente que quien desertara del grupo, tomaría, de ahora en adelante, un camino diferente al suyo.
Las plegarias de cada una eran una cuestión personal y ni siquiera en una emergencia era dable esperar que Masako cargara con responsabilidades ajenas.
Las palabras "Puente de Irifuna" se destacaban en letras blancas sobre una placa metálica clavada horizontalmente en un poste al extremo del puente. Este se destacaba en la oscuridad con su lisa superficie de cemento recortada por el crudo reflejo de la estación de gasolina Caltex, ubicada en la otra orilla. Podía verse una lucecita en el río, bajo la sombra del puente. Aparentemente pertenecía a la choza semiderruída de un hombre que vivía en el extremo del muelle de pescadores. La choza estaba adornada con plantas y un letrero anunciaba allí "Botes de placer, Remolcadores, Botes de Pesca y Botes para redes".
El cielo nocturno parecía abrirse sobre los techos de la apretada fila de edificios que descendía gradualmente del otro lado del puente. Las jóvenes advirtieron que la luna, tan brillante minutos atrás, apenas se traslucía a través de finas nubes. El cielo estaba, ahora, completamente nublado.
Las mujeres cruzaron el puente Irifuna sin ningún contratiempo.
El río dobla allí en ángulo recto. El quinto puente se encontraba bastante alejado. Sería menester seguir el río por el terraplén ancho y desierto hasta el puente Akatsuki.
Hacia la derecha la mayoría de los edificios eran restaurantes. En cambio, en la orilla izquierda, montañas de piedra, arena y pedregullo esperaban ser empleadas en alguna construcción. En ciertos lugares su masa oscura ocupaba más de la mitad de la carretera. Poco después contemplaron el edificio del Hospital de San Lucas, que emergía, lúgubre, bajo la velada luna. La enorme cruz dorada instalada en su techo estaba brillantemente iluminada y las luces rojas, destinadas al tráfico aéreo, emitían destellos y delimitaban techos contra el cielo: No había luz en la capilla ubicada a los fondos del Hospital, pero su ventanal gótico se distinguía claramente. Algunas luces permanecían encendidas en las ventanas del Hospital.
Las tres mujeres marchaban en silencio. Masako, la mente ocupada por la tarea que la esperaba, no podía pensar en otra cosa. Sin advertirlo, habían acelerado la marcha y ahora estaba bañada en su transpiración.
El cielo se oscureció en forma amenazadora, y Masako sintió las primeras gotas de lluvia sobre su frente. Afortunadamente, aquello parecía no tener intenciones de convertirse en un aguacero.
En aquel momento apareció frente a ellas el Puente Akatsuki. Era el quinto del recorrido. Los postes de cemento pintados de blanco emitían una tonalidad fantasmal en medio de la noche.
Masako juntó las manos para orar en el extremo del puente, sin advertir las imperfecciones del suelo Trastabillando casi, hubo de .dar con sus huesos sobre un caño de hierro en reparación.
En el otro extremo del puente se encontraba el desvío para automóviles del Hospital San Lucas
El puente no era largo. Las mujeres caminaban tan rápidamente que lo cruzaron en un breve lapso. Sin embargo, la adversidad aguardaba a Koyumi. Una mujer con el pelo suelto y mojado y con una vasija de metal en la mano se acercaba en dirección opuesta. Masako miró fugazmente a la mujer y se atemorizó ante la palidez mortal de aquel rostro bajo el pelo mojado.
La mujer se detuvo en la mitad del puente: —Pero, ¡si es Koyumi! Han pasado tantos años, ¿no es cierto? ¡Koyumi! ¿Estás fingiendo que no me reconoces? ¡Koyumi!
Estiró su cuello hacia Koyumi, cerrándole el paso.
Koyumi bajó los ojos y no contestó. La voz de la mujer era aguda y destemplada como el viento a través de una grieta.
Su monólogo no parecía dirigido a Koyumi, sino a otra persona que no se encontraba allí: —En este momento volvía de la casa de baños. ¡Hace realmente tanto tiempo! ¡Mira que encontrarnos aquí!
Al sentir la mano de la mujer sobre su hombro, Koyumi abrió finalmente los ojos. Comprendió que era inútil negarse a responder a la mujer, ya que el hecho de que alguien le dirigiera la palabra era suficiente como para anular el efecto de la plegaria.
Masako observó el rostro de la mujer. Reflexionó un instante y siguió caminando, dejando atrás a Koyumi.
Masako recordó a la recién llegada. Era una vieja geisha que había aparecido en Shimbashi durante algún tiempo, inmediatamente después de la guerra. Se llamaba Koen. Había comenzado a comportarse en forma extraña, como una chiquilla y ello le había valido ser borrada del registro de geishas. No era sorprendente, pues, que Koen hubiera reconocido a Koyumi, una vieja amiga. Sin embargo, era una coincidencia afortunada que no recordara a Masako.
El sexto puente, el Sakai, era sólo una pequeña estructura con un cartel de metal pintado de verde. Masako apresuró sus rezos y echó a correr para cruzarlo. Volviendo la cabeza, comprobó con alivio que Koyumi se había perdido de vista. Mina, en cambio, la seguía con su acostumbrada expresión de malhumor.
Ya sin guía, Masako no sabía cómo encontrar el séptimo y último puente. Sin embargo, razonó que si continuaba andando por la misma calle, tarde o temprano alcanzaría algún puente paralelo al Akatsuki. Sólo faltaba un puente para que sus plegarias fueran escuchadas.
Una fina llovizna humedeció su rostro. La calle que se extendía frente a ella estaba colmada de depósitos de mercaderías y casuchas de material ocultaban la vista del río. La oscuridad era total. A la distancia, las brillantes luces de la calle volvían aún más negras las tinieblas. Masako no tenía miedo de andar a aquellas altas horas. Tenía un carácter aventurero, y su meta, el logro de sus plegarias, le infundía coraje. A sus espaldas el eco de las geta de Mina, se le antojó una carga insoportable de llevar. En realidad, el eco tenía una alegre irregularidad, pero el porte de Mina, en contraste con sus pasitos, parecía encarnar una burla hacia Masako.
La presencia de Mina sólo produjo cierto desprecio en el corazón de Masako hasta el momento en que Kanako abandonó el grupo. Desde aquel instante comenzó a pesarle y ahora que estaban solas, Masako no podía evitar sentirse molesta frente al enigma que significaban las plegarias de la muchacha campesina.
No era agradable verse seguida por una mujer impasible, de insondables ruegos. No, no era tan desagradable como inquietante y la incomodidad de Masako aumentó gradualmente hasta convertirse en algo parecido al terror. Masako nunca había advertido cuán perturbador resulta no conocer el pensamiento de otra persona.
Tenía la sensación de llevar a sus espaldas una gran masa negra. No era como cuando la seguían Kanako o Koyumi, cuyas plegarias eran tan transparentes que resultaba fácil ver a través de ellas. Masako intentó desesperadamente estimular su anhelo por R. hasta volverlo aún más febril que antes. Pensó en su rostro, en su voz. Recordó su aliento lleno de juventud. Pero la imagen se desvanecía inmediatamente y no intentó reconstruirla.
Era menester cruzar el último puente lo antes posible. Hasta entonces no pensaría ya en nada más.
Las luces de una calle que había divisado en la lejanía parecían ser, ahora, las de un puente. Comprendió que se estaba aproximando a una vía pública importante. Había indicios de que el puente no podía estar lejos.
En efecto, llegó primero a un pequeño parque donde las luces brillaban sobre oscuros charcos producidos por la lluvia, y, luego, apareció el puente con su nombre, "Puente Bizen", escrito en una columna de cemento. En lo alto del pilar una lamparita irradiaba una luz mortecina. Masako divisó a su derecha el Templo de Tsukiji Honganji con su techo verde levemente abovedado. Debería cuidarse al cruzar el puente de no regresar por el mismo camino.
Masako suspiró con alivio. Entrelazó sus dedos para orar en el extremo del puente, y esta vez, para enmendar la superficialidad de sus rezos anteriores, lo hizo cuidadosa y devotamente. Por el rabo del ojo podía observar a Mina, quien, remedándola, apretaba piadosamente las gruesas palmas de sus manos. Verla molestó tanto a Masako, que se apartó de la oración para murmurar a media voz: "¡Ojalá no la hubiera traído! ¡Es verdaderamente exasperante!"
En aquel mismo instante una voz de hombre la interpeló. Masako se puso tensa. Un policía se había detenido a su lado: —¿Qué está haciendo aquí a estas horas de la noche?
Masako no podía contestar. Una palabra lo arruinaría todo. Advirtió de inmediato, a través del apurado interrogatorio, que el policía, al verla orando en medio del puente, la había tomado por una suicida en potencia. Masako no podía hablar. Era necesario hacer comprender a Mina que lo hiciera en su lugar. Tironeó del vestido de la sirvienta e intentó despertar su inteligencia. Por más obtusa que fuera Mina, parecía imposible que no pudiera comprender sus señas. Seguía con los labios obstinadamente sellados. Masako advirtió con desaliento que Mina—fuera por obedecer las instrucciones originales o por proteger sus propias plegarias—estaba resuelta a no hablar.
El tono del policía se hizo aún más áspero:—¡Contésteme! ¡Exijo una respuesta!
Masako decidió que lo mejor que podía hacer era intentar ganar el otro lado del puente y explicarlo todo cuando hubiera finalizado el cruce. Se soltó de la mano del policía y se internó corriendo en el puente. Alcanzó a ver cómo Mina se precipitaba tras ella.
El policía alcanzó a Masako en la mitad del puente.
—Tratando de escapar, ¿eh?—gritó, tomándola de un brazo.
—¿Quién piensa en escaparse? ¡Me está lastimando! —Masako había gritado impulsivamente. Advirtiendo, entonces, que sus plegarias habían quedado en la nada, miró hacia el lado derecho del puente con los ojos llameantes de indignación.
Mina, a salvo en el otro extremo, completaba su catorceava y última plegaria.
Cuando regresaron, Masako se quejó histéricamente a su madre, quien, sin saber lo que sucedía, reprendió a Mina.
—¿Puedes decirme qué pedías en tus plegarias?—preguntó.
Por toda respuesta, Mina se limitó a sonreír estúpidamente.
Algunos días después y ya un poco más tranquila, Masako continuó importunando a Mina:—¿Qué pedías?—le preguntó por centésima vez—. Cuéntamelo. Con toda seguridad ya me lo puedes contar.
Pero Mina sólo esbozaba una sonrisa evasiva.
—¡Eres espantosa! Mina, ¡eres realmente insoportable!
Y riéndose, Masako pellizcó el hombro de Mina con sus uñas cuidadosamente afiladas por la manicura.
La piel elástica y pesada repelió las uñas. Los dedos de Masako quedaron insensibles y ya no supo qué hacer con su mano.

25.12.15

Mitra, el otro cristo

Que tal queridos lectores,

En este día lleno de sentimientos de alegría y prosperidad producto de la navidad les traigo la historia del Dios Mitra, muy relacionado por los historiadores con Jesús.

Mitra fue un dios adorado principalmente por los Persas e Indios. Representa al sol y es frecuentemente relacionado con la luz y la sabiduría. Si bien sus orígnes datan del año 1400 A.C., siglos más tardes el culto de Mitra fue adoptado por gran parte del Imperio Romano.
El mitraismo, religión practicada principalmente por los soldados romanos, gozó de gran popularidad entre los Siglos I y IV D.C. Su popularidad fue tal que coexisitó y compitió en todo el imperio con el cristianismo hasta que el emperador Teodosio la declaró ilegal en el año 391 D.C. .

El culto y la leyenda

el dios Mitra nació cerca de un manantial sagrado, bajo un árbol sagrado, de una roca. En el momento de su nacimiento llevaba el gorro frigio, una antorcha y un cuchillo. Fue adorado por pastores poco después de su nacimiento. Bebió agua del manantial sagrado. Con su cuchillo, cortó el fruto del árbol sagrado, y con las hojas de ese árbol confeccionó su ropa.

Encontró al toro primordial cuando pastaba en las montañas. Lo agarró por los cuernos y lo montó, pero, en su galope salvaje, la bestia lo hizo desmontar. Sin embargo, Mitra siguió aferrado a sus cuernos, y el toro lo arrastró durante mucho tiempo, hasta que el animal quedó exhausto. El dios lo agarró entonces por sus patas traseras, y lo cargó sobre sus hombros. Lo llevó, vivo, soportando muchos padecimientos, hasta su cueva. Este viaje de Mitra con el toro sobre sus hombros.

Cuando Mitra llegó a la cueva, un cuervo enviado por el Sol le avisó que debía realizar el sacrificio, y el dios, sujetando al toro, le clavó el cuchillo en el flanco. De la columna vertebral del toro salió trigo, y vino de su sangre. Su semen, recogido y purificado por la luna, produjo animales útiles para el hombre. Llegaron entonces el perro, que se alimentó del grano, el escorpión, que aferró los testículos del toro con sus pinzas, y la serpiente.

Los mitreos establecieron como fecha de nacimiento el 25 de diciembre. El culto era iniciático y sólo participaban hombres. Se reunían de manera secreta a practicar los ritos secretos en los templos llamados mitreos. Estos se encontraban en lugares ocultos, resguardados celosamente y sin ventanas para alejar la intromisión de extraños durante los ritos.
Vale destacar que la información de la que gozamos en nuestros días fue tomada de las pinturas halladas en los mítreos y de las críticas de las autoridades de las otras religiones como el cristianismo ya que la transmisión de los secretos mitraicos se realizaba únicamente de manera oral.
Al igual que otros ritos y cultos, existían siete niveles de iniciación que pueden estar relacionados con los siete planetas de la astronomía de la época (Luna, Mercurio, Venus, Sol, Marte, Júpiter y Saturno).  La mayoría de los miembros llegaban sólo el cuarto grado (leo), y sólo unos escogidos accedían a los rangos superiores. Los niveles eran los siguientes:

Corax (cuervo);
Cryphius (oculto). Otros autores interpretan este rango como Nymphus (esposo);
Miles (soldado). Sus atributos eran la corona y la espada;
Leo (león). En los rituales presentaban a Mitra las ofrendas de los sacrificios;
Perses (persa)
Heliodromus (emisario solar). Sus atributos eran la antorcha, el látigo y la corona;.
Pater (padre). Sus atributos eran el gorro frigio, la vara y el anillo, similares a los del obispo cristiano.
En los ritos, los iniciados llevaban máscaras de animales relativas a su nivel de iniciación y se dividían en dos grupos: los servidores, por debajo del grado de leo y los participantes, el resto.


Similitudes entre el mitraismo y el cristianismo:

Como se mencionó anteriormente, hay diversas similitudes entre Jesús y Mitra. A continuación se exponen las más resonantes:

  •  Mitra nació el 25 de diciembre, en una cueva oscura y los pastores fueron los primeros que le encontraron y le adoraron. 
  • Le trajeron regalos, oro y esencias. 
  • Su madre era una virgen, llamada Madre de Dios.
  • Mitra era un lazo de unión entre Dios y la gente. Era un representante de Ahura Mazda en la Tierra. 
  • Después de enseñar en la Tierra, Mitra ascendió a los cielos. 
  • Fue enviado por el Padre para que se cumplieran sus deseos en la Tierra, y su sacrificio tiene como finalidad la redención del género humano. 
  • El transitus (viaje de Mitra con el toro sobre los hombros) recuerda al Via Crucis del Evangelio. 
  • Los mitraístas creían en la resurrección, en la comunión con pan y vino, en el cielo y en el infierno.
  • Mitra recibía apelativos de La Luz, el Buen Pastor, La Verdad. 
  •  El día sagrado del mitraísmo era el domingo. 
  •  El mitraísmo se representa con una cruz en un círculo, que simboliza el sol. Las cuatro esquinas de la cruz representan el año solar. 

Cuando empecé a leer la historia de Mitra me vino a la mente la siguiente pregunta:

¿Qué hubiera pasado si el mitraismo se hubiera erigido como la única religión oficial del imperio en vez del cristianismo?

Sin dudas el mundo conocido sería totalmente distinto. Pero más allá de cuestiones netamente dogmáticas, no puedo evitar ver distintos puntos de contacto entre todas las religiones y cultos que leo con el correr de los años. Tal vez el panteón de dioses es el mismo, sólamente hay que abrir el corazón y dejar entrar la esencia de la mayoría de ellas: La elevación del espiritú y el encuentro con lo divino, tenga el nombre que tenga.

Espero que lo hayan disfrutado!! Feliz Navidad!!

Fuentes:
Wikipedia
Kindsein

9.12.15

Marcos Polo

Tomo un café plácidamente y leo el libro que me acompaña mientras escucho a una familia conversar. Hablan sobre arreglos de la casa y muebles que tienen que comprar producto de la mudanza de dos tórtolos a su propio departamento con su hijita de unos meses de edad.
Al tiempo hablan por teléfono con la abuela y el joven le promete que el viernes la va a pasar a visitar "para darle un besito".
En el ventanal se ve la Municipalidad de la Ciudad y el Museo de Arte. Ya está oscureciendo. Es mi última noche en la ciudad y no puedo evitar la congoja. Sufro lo que autodefino como el mal del nómada. Volver a mi tierra no me produce displacer, lo que me aterra es dejar de estar donde estoy e ignorar tantas historias como la que relaté anteriormente. Para esa familia soy un extraño y tal vez nunca me vuelvan a ver. Verán, con el espacio sólo podemos estar donde estamos, a pesar de que la tecnología nos quiera hacer creer de que somos omniscientes. Podemos ver fotos en vivo de la Torre Eiffel o del Castillo del Conde Drácula pero lo imperceptible, los climas y las atmósferas sociales de los lugares son difíciles de captar.
Empiezo a caminar por la avenida. Miro a las personas pasar y pienso que nadamos en un mar de desconocidos. Cada momento es único e irrepetible y nuestro paso por los distintos lugares también.
Sería muy feliz con la naturaleza del sedentario. Gente que ama su lugar, no se pregunta tanto e ignora conocer cosas nuevas. No me malinterpreten, no me creo mejor que nadie. Sólo subrayo que a los hombres como yo lo apasiona lo extraño, lo desconocido, eso que a lo que uno no puede acceder, al menos no cabalmente. Esa chispa es la que llevó a Alejandro Magno del otro lado del mundo. En vez de él conquistar Asia, Asia lo terminó conquistando a él.
Llego a la puerta del hotel y miro una vez más hacia la calle. Tal vez vuelva a la ciudad o no, el destino es el único que lo sabe. Lo único que podemos hacer es agradecer que estamos vivos y que el mundo es inabarcable para conocerlo completamente. Una suerte de misión imposible que vale la pena fallarla hasta que el hálito vital sea arrancado de nuestros cuerpos. ¿Fin?

1.11.15

El Samhain

Que tal queridos lectores, estamos ya en la noche de Halloween y debo confesar que no soy muy fan de la fiesta debido a las embestidas culturales que sufrimos para que la incorporemos a nuestra cultura. Sin embargo, detrás de cada "opereta" de marketing hay una historia rica que contar.

Hoy les traigo la historia del Samhain, festividad celta predecesora del moderno Halloween. Hay muchas variantes que cuentan el origen de esta festividad. Una vez más el sincretismo hace lo suyo y varias cosas se cambian por otras pero el origen se mantiene intacto. Lo cierto es que esta festividad estaba básicamente asociada a un evento astronómico. Samhain significa "final de verano" y lo que representaba básicamente es el fin de una etapa*. El calendario celta continental o de Coligny dividía al año en dos estaciones separadas, la oscura iniciada en Samhain y la clara. Los celtas utilizaban esa fecha para dar por finalizada la temporada de cosecha y aprivisionarse de alimentos para la temporada fría y oscura que vendrían en los siguientes meses de otoño e invierno respectivamente. Para augurar buenos porvenires, los druidas acostumbraban a realizar sacrificios humanos y/o de animales.
Pero el Samhain no solamente era un evento temporal sino que además contenía un sentido mágico. Se creía que en esa fecha el mundo de los vivos y los muertos se conectaba. Durante esa noche los antepasados fallecidos volvían y se contactaban con sus familiares. De esta creencia se desprendió la costumbre de vaciar un nabo y rellenarlo de carbón encendido, tradición que después se traspasaría a la calabaza del Halloween moderno. Los nabos iluminados servían como guía para que los espíritus encontraran el camino correcto hacia la luz. Otra costumbre que se mantiene es dejar la comida afuera. Con esto creían que mantenía alejado a los malos espíritus.

*: Muchos han afirmado que representaba el fin de año pero estudios recientes del historiador Ronald Hutton afirman que no está completamente comprobado, a pesar de que sí era un evento que marcaba el fin de algo. 

Esto fue todo. Trataremos de desenmarañar lo que se mantiene oculto a la vista. Espero que les haya gustado y que pasen un gran Samhain.

11.10.15

Así habló Zaratustra

Llegó Zaratustra a su hogar luego de un día agitado de trabajo. Dejó el bolso en el suelo y tiró el saco arriba de una silla. Se sirvió un trago, se aflojó la corbata y se tiró pesadamente en su sillón. En esa posición, como formando una cruz con sus brazos bien abiertos posó su mirada al techo. Mantuvo unos largos y silenciosos minutos esa pose y luego, súbitamente, tomó su computadora y se puso a escribir:


"Luego de varios milenios debo decir que las vicisitudes de la vida me han despojado del camino sinuoso. Tengo casa propia, un automóvil, viajes al exterior pero perdí algo mucho más importante: Lo propio. Con el tiempo la espiritualidad y el encuentro interior se vieron trastornados por la vida en sociedad y su costumbres. Las leyes del hombre decían consíguete una carrera, y lo conseguí, búscate una novia, y la conseguí, comprate casas y autos, y los tuve, Viaja a Europa, a la Playa, y visité esos lugares. Lentamente el tiempo, que antaño me había sido completamente ajeno, empezó a pesarme en el alma. Los días se convirtieron en una sucesión de hechos y "el planear la vida" empezó a atraparme con sus tentáculos negros como la muerte. Me convertí en un sonámbulo, soñando despierto y despertándome dormido. Los años pasaron, mi cuerpo, que antes vivía cada momento como una danza con el espacio se resintió, se hizo duro como la piedra. Mi corazón, temeroso, dejó de latir tan libre como lo hacía. ¿Qué es lo que ocurre entre latido y latido? Esa milésima de segundo es un instante que puede ser interminable. La cantidad de latidos que un ser vivo a lo largo de su vida es de 200 millones. Si el corazón pensara en volver a latir, como nosotros muchas veces pensamos temerosamente antes de actuar ¿que sería de la vida? Un acto meramente calculado, medido, perfecto. Los colores se cambiarían a gris, blanco y negro. Todo sería una marcha, ordenada, sincronizada, afinada...

Y Zaratustra de repente vio que una mariposa se posaba en el cantero de su ventana . Esta, de muchos y diversos colores parecía mirarlo. Estuvieron los dos seres inmóviles, contemplándose por unos segundos el uno al otro. Casi al mismo tiempo, la mariposa voló; y Zaratustra se paró y se dirigió a su guardarropa. Tomó sus trajes, sus camisas, sus zapatos y apiló todas las prendas una arriba de otra. Las rocío de alcohol y con un encendedor las prendió fuego. Cuando la última prenda parecía consumirse pateó el fuego hasta apagarlo. Tomó un libro, sus gafas, guardó dos o tres cosas más en su morral y se dirigió a la puerta. Contempló su casa, como si lo viera por última vez y salió.
Tomó el primer autobús que salía de la terminal y al largo de unas horas vio que las luces de la ciudad iban quedando lejos. Luego el camino, la oscuridad y los ruidos del rodado fueron sus únicos compañeros. Tiró el respaldo para atrás, se recostó posicionando su brazo por detrás de su cabeza y una sonrisa fue el último evento de ese largo, difícil, pero liberador día...

"Nadie es más esclavo, que el que se tiene por libre sin serlo"


27.9.15

Jano, el dios de las dos caras

Que tal lectores ¿Cómo están después de tanto tiempo? A pesar de la falta de posteos hoy me volvió la memoria y recordé que en este sitio estaba destinado a ser un recipiente de varias cosas. Últimamente por falta de inspiración y tiempo básicamente, sólo he publicado algunas memorias de mis últimos viajes. Para ir descongelando de a poco la gélida pasividad que tiene este último tiempo el blog, les traigo la historia del Dios romano Jano. Me gusta mucho lo que representa este dios porque está asociado con el tiempo, materia en la cual reflexiono mucho. Haciendo mea culpa, a veces demasiado:
A diferencia de muchos dioses del panteón romano, Jano no tiene un equivalente en la mitología griega. Es el dios de las puertas, los comienzos y los finales. Por esta razón era representado con dos caras mirando hacia ambos lados de su perfil. Su dualidad le permitía con una cara observar el pasado y con la otra  prestar atención al futuro. Algunos autores le suman una tercer cara invisible, la del presente. Para otro también simbolizaba el cambio y la transición, la progresión de una situación a otra, de una visión y un estado a otro nuevo.  También se lo invocaba también al comenzar una guerra. Mientras ésta durara, las puertas de su templo permanecían siempre abiertas; cuando Roma estaba en paz, las puertas se cerraban.
Otra de las interpretaciones, aunque no contrasta pero sí completa la anterior, explica y representa simbólicamente un fenómeno astronómico fuertemente asociado con el cambio de época, el solsticio. Estos, de verano y de invierno, en cada uno de los hemisferios representa cuando el sol se encuentra en su mayor o menor punto de declinación con respecto a la tierra. Los días de solsticio son los más cortos en el de invierno, y más largos en el de verano. Se dice que ambas caras miran a los solsticios, siendo, como se explica anteriormente, momentos de cambio de la ubicación del sol en relación a nosotros.
Pero eso no es todo, Jano también fue inmortalizado en el Calendario Romano, y mantenido luego en el gregoriano que utilizamos en nuestros días. El mes de enero (En latín Ianuarius) toma su nombre. Como dios de los comienzos, se lo invocaba públicamente el primer día de enero.

El cambio provocado de la adopción del Catolicismo por parte del Imperio Romano provocó un sinfín de adaptaciones sincréticas de sus dioses. Muchos consideran que si bien el panteón romano politeísta fue cambiado por la idea de un ser superior monoteísta, muchos simbolismos permanecieron adaptados de distintas maneras.
Es el caso de San Juan el Bautista y San Juan el Apóstol o el Evangelista. Los días de festividad de ambos santos se encuentran muy cercanos a los Solsticios: 24 de junio para el primero y 27 de diciembre en el caso del segundo.

Leyéndolo, este posteo es mucho más apropiado para el mes de enero, sin embargo los cambios personales y mi curiosidad me predisponen para que la pasividad de los últimos meses sea sacudida por la leyenda de Jano, vigente de una manera u otra hasta nuestros días.

Como díria, abreviadamente Heráclito, : "No nos bañamos dos veces en el mismo río..."

Saludos para todos!!  

Fuentes:
Wikipedia
Imvalencia
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